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Doña Margarita escuchaba cantar a la niña…

Hoy es el Día del Niño. Pienso que todos los días deberían de serlo pero si lo menciono caería en el mismo discurso de querer generalizar el día de enamorados, madre, padre libro. Hoy entiendo que todos esos arquetipos son tan importantes que merecen un aplauso al año.

Todos hemos sido niños y con la mejor de las suertes deberíamos de poder serlo cada día. Reír hasta las lágrimas y dolor de panza, jugar con los elementos que tengamos a la mano, conversar con nuestras muñecas y carritos y también, cantar. El canto de una persona en circunstancias triviales hace que el corazón estalle, que la risa se asome, que los cabellos se suelten.

Cuando yo era niña gozaba de una etapa gloriosa que me regalaron mis abuelos, padres, hermanos y amigos. Me recuerdo traviesa, muy platicadora, defensora de las causas perdidas, abogando por las niñas burladas y corriendo como si la calle fuera una pista de coches. Inventaba juegos y trataba de asimilar rutinas que sucedían con personajes de diario que vivían en mi círculo cercano.

Recuero al vendedor de seguros que pasaba caminando a la misma hora con un sol terrible en su espalda y gritarle que le había hecho limonada. Con mis manos torpes le exprimía dos limones con azúcar en un vaso y le añadía mucho hielo. El reía, pero se detenía a probar el líquido niño de verde. Cada vez que yo podía, lo hacía.

-Tiene calor mamá, necesita mi limonada.-

Así mismo recuerdo mucho al vendedor de paletas heladas que caminaba lento con un carrito repleto de cuadrados congelados con frutas. Sabía que en mi casa saldríamos disparados por un elemento dulce, cremoso y con palito de cartón. Las paletas respondían al grito sonoro de Dummy. Qué momento tan especial.

Pero a la que más recuerdo hoy es a Doña Margarita. Ella era una anciana que había caído en un estado vegetativo por un derrame. Vivía exactamente frente a mi casa. La suya era un complejo arquitectónico pequeño, elegante, de piso oscuro y con iluminación de hospital. Su recámara estaba en la parte de atrás, tenía un ventanal grande que observaba su patio rebosante de plantas y aguas. Ella no lo percibía pero yo lo sabía.

Tenía una cama especial de enfermería y muchas flores. En la mesita ratona una bombonera con chocolates plateados que semejaban besos. Una silla cómoda que daba descanso a la enfermera que la cuidaba y peinaba. Todo era tranquilidad entre aparatos con focos de colores, monitores y agujas en sus brazos.

Ella era tan bonita que acierto lo sabía. A pesar de estar en un estado de bella durmiente, siempre veía que su boca tenía el rictus de sonrisa. Mi madre, amiga de su hija, gustaba de visitarla, de ir a ver cómo estaban sus cabellos, de mirar su jardín por su ventana.

Cuando yo ya tenía cierta edad para ver esa escena sin ponerme triste, mamá decidió que yo podía ser vehículo de alegría. Mis cantos diarios de pajarilla advirtieron eso y me había ganado el lugar a pulso de cantar cuando se visitaban amistades.

Con Doña Margarita fue intencional.

-Te voy a llevar con una señora que está dormidita y creo que gozará de escucharte-.

Asó lo hizo. Canciones de Angélica María y de otras artistas famosas que yo miraba en la televisión fueron objeto del repertorio casi diario que le regalaba a ella, la Margarita. Cuando terminaba mi actuación, recibía un chocolate de manos de la enfermera, a especie de premio o pago. Ahí entendí lo que el trueque era, una cosa a cambio de otra. Pero yo no necesitaba ese bombón para ir con la mujer de cuerpo extendido y bata blanca. Yo quería, cada tarde y antes de jugar con mis vivos ir con la mujer de nieve y piel de porcelana. Amaba ese momento. Amaba el saber que aunque no me escuchaba, sentía que su interior punzaba con palabras de amor de una cantante de ojos hermosos. Yo cantaba, cantaba fuerte, me sentaba en su cama, tocaba sus piernas, le acariciaba los cachetes y pensaba que estar así ante un ventanal tan lindo era una pérdida de momento.

Con todo esto mi madre tuvo que entrar a una explicación científica – católica – de destino – enredosa – química – física – motivacional.

-Los humanos, cuando estamos grandes, tenemos a veces enfermedades que si no se curan en tiempo pueden resultar en estar en una cama.-  Nunca mencionó el “coma” o “estado vegetal”, pero si repetía que estaba dormidita descansando.

-Si te cuidas y tratas de ir al doctor en tus citas puedes evitar esto. Pero si de todas formas pasa es que Dios así lo quiso. Por eso disfruta siempre, porque no sabes qué deparará tu vida y si eres elegida para cama, habrás ya tenido momentos hermosos.-

No sé qué clase de enredo hizo que yo simplemente entendí que la mujer blanca enfermó y no pudo curarse. Pero que tenía una cama plateada en la cual yo me sentaba a cantarle. Así de simple.

Un día, creo que nublado, Doña Margarita murió. Yo no pude ver la ambulancia porque estaba en el Colegio aprendiendo que la tierra era redonda. Esa tarde yo quería ir a cantarle y ya no pude. Mi madre evitó que me vistiera de negro y prefirió decirme que la buscara en mis pensamientos, en mi memoria. Así lo hice por varios días, a la misma hora que le cantaba le enviaba un beso hasta el cielo. Cada vez que veo su casa, hoy ocupada por su nieta y familia, pienso en el montón de azúcar que comí en papel plateado. Pienso en el monitor que se movía histérico de abajo a arriba y que un buen día se puso en horizontal.

Hoy la recuerdo, siempre la recuerdo. Hoy conozco su cuarto que actualmente es la sala de juegos. Y cómo no ser de juegos si ahí las dos jugábamos al teatro – concierto.

Los niños damos alegría, aprendizaje, hechos y conclusiones simples. No todos son tan felices como lo fuimos muchos en la etapa de ilusión y bicicleta y por esa razón hoy manifiesto que es obligatorio, de parte de nosotros, darles sonrisa a los que no la tienen de diario. Manifiesto que sigamos cantando a todos ellos que no nos escuchan, que sigamos conversando con los mudos, que sigamos tocando a las imágenes borrosas, que sigamos corriendo para saber que nuestras `piernas son ágiles.

A Doña Margarita la sigo recordando. Siempre lo haré. Y recordaré todo lo que mi familia me decía para alentar que mi voz sonara afinada ente una cama de hospital. Y sigo cantando, y sigo pensando que la tierra es redonda y que son los días inesperados cuando nuestro canto se convierte en pensar.

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